El arte de la caza está de moda en España. El ministro Fernández Bermejo, ya ex ministro, es un ejemplo evidente de la sinergia del hambre y las ganas de comer. Por un lado, su garrafal error al asistir a una cacería a la que también asistía el juez Garzón en plena instrucción del caso de corrupción del Partido Popular, caso Gürtel, y la demagógica y alevosa utilización por parte de Mariano Rajoy y sus aledaños mediáticos se han convertido en el hambre. Las virtudes por las que fue escogido como ministro, de una parte su retórica contundente y de otra su capacidad de embestida contra el corporativismo judicial y el enrrocamiento del Partido Popular, han resultado en última instancia mortíferas para el ministro, y por tanto las ganas de comer en la sinergia planteada. Han sido estas cualidades las que han cavado la tumba de su dimisión. Hecho que, en un país tan poco acostumbrado a la asunción de responsabilidades, le honra. Por otra parte, y en honor a la verdad, Mariano Fernández Bermejo fue nombrado para realizar el trabajo sucio del Ejecutivo, bajo las órdenes de Zapatero y Fernández de la Vega. El tiro, por la culata.
En el Partido Popular, en cambio, continúan con las escopetas de caza en ristre. No cesan de conocerse pruebas evidentes de la implicación de cargos públicos del Partido Popular en la trama de corrupción y espionaje. El último -¿o fue el primero?- Francisco Granados, el consejero con más poder en la Comunidad de Madrid después de Nacho González y de la lideresa Aguirre. Todo apunta a que el conglomerado de corruptelas, comisiones, espías y sobornos forma parte importante del flujo sanguíneo habitual de la Comunidad de Madrid y la Generalitat Valenciana. Cazado el ministro, ¿aplicará Rajoy la cinegética en la depuración de responsabilidades políticas dentro del Partido Popular, o continuará, tal y como nos tiene acostumbrados, observando la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio? El Partido Popular y sus medios aledaños no pueden seguir acusando a todos los estamentos del Estado de Derecho de componenda ni de causa general sin asumir que sufre una carcoma letal de corrupción y falta de liderazgo. El gallego debe dar ya un golpe en la mesa definitivo, y no esperar a que el perdigón le estalle en la cara o le muerda cualquier perro de presa.
Que en un país con tres millones y medio de parados y en recesión económica el Gobierno se pierda con la sesión de caza de un ministro y el principal partido de la oposición esté en plena guerra fratricida es simplemente desolador. Esperemos que, pronto, se cierre la veda.

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